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Atracciones > Ruta Don Vasco

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La Utopía

El Tata Vasco no conquista con las armas, sino con el corazón.

Se produce una simbiosis entre el extranjero de las ideas y el pueblo que las hizo suyas, y que las proyectó haciendo realidad la Utopía. Hoy, el viajero tiene al alcance de sus sentidos la magnitud completa de una rica tradición cultural fruto del mestizaje entre dos mundos.

Propone Don Vasco una concepción social revolucionaria basada en los ideales del humanismo de justicia y dignidad.

La Utopía, ideada por Tomás Moro, contempla un mundo organizado en torno al trabajo, la comunidad, la responsabilidad y los valores cristianos. Con una convicción absoluta implanta su particular modelo social en Michoacán, donde formas de vida ancestrales lo enriquecen y lo hacen perdurar. Oficios tradicionales se perfeccionan con nuevas técnicas, el artesano se torna artista. El conocimiento de dos culturas se funde en una única corriente.

Lejos de quedarse en las crónicas de la época, la extraordinaria historia de este gran personaje continúa escribiéndose, puesto que su obra se ha mantenido viva y se percibe actualmente en la organización de las comunidades purépechas, la religiosidad, la música, las artes y los oficios tradicionales.

A lo largo de la ruta, la figura de Don Vasco es fundamental para que comprendas tu experiencia.

Los pueblos y ciudades que visitas fueron planeados como comunidades. La artesanía que admiras es fruto de un concepto de sociedad.  Los monumentos que visitas –capillas, conventos, palacios- son herencia de piedra del trabajo que comenzó Don Vasco. En la comida de la que disfrutas, hallarás la fusión de las culturas.  Las celebraciones que te cautivan, como la Noche de Muertos, no se comprenden sin un acercamiento a la espiritualidad de ambos mundos. Incluso podrás disfrutar con la pirekua, declarada Patrimonio de la Humanidad,que utiliza la armonía clásica latina y los instrumentos del viejo mundo.

 

 

Las artes y oficios

Los pueblos purépechas ya trabajaban la madera, el barro, el metal y los textiles.

La influencia decisiva de Don Vasco convirtió las tareas propias de la supervivencia en profesiones, introduciendo técnicas nuevas que perfeccionaron los talleres. Su gran visión fue especializar a cada comunidad en un trabajo específico. Los oficios fomentaban el comercio y el intercambio, y con esa riqueza floreció el nuevo mundo soñado. Tejedores, alfareros, carpinteros, artistas del metal y de la pintura.

Vasco de Quiroga promovió las artes y los oficios populares en tres decenas de poblaciones indígenas de la Meseta Tarasca.

Oficios como: cortador y labrador de madera (de los que derivaron los carpinteros), hacedores de trojes (casas de madera), muebles caseros, canoas, carretas, bateas, barriles, cucharas, cuchillos, utensilios de cocina y laudería (guitarras, violines, contrabajos, vihuelas, etc.) También fomentó el corte y labranza de canteras, tezontle, piedra, albañilería, textilería, tejido de fibras diversas, bordado, cobijas, gabanes, sobreros, morrales, cestería, imaginería o escultura de santos, orfebrería, alfarería en todas sus expresiones y herrería como la que ha universalizado el nombre de Santa Clara del Cobre.

Hay muchas poblaciones beneficiarias de las “hábiles manos” del ilustre utopista hispano-mexicano:

Uruapan, por las lacas, jícaras, bateas y máscaras realizadas con la técnica del maqué precolombino; Paracho, por las guitarras y otros instrumentos musicales además de muebles; Santa Clara, por los utensilios —hoces, azadones, hachas, candelabros— de cobre; Erongarícuaro y Jarácuaro, por los sombreros de palma y los chinchorros de mallas para pescar; San Felipe, por la herrería y cerrajería; Nurío, Capacuaro y Aranza, por los tejidos de lana; Teremendo, por la curtiduría de pieles y la zapatería; San Juan Parangaricutiro, por el tejido bordado de las colchas; Tzintzuntzan, Patambán, Santa Fe de la Laguna, Capula, Piñícuaro y Guango, por la alfarería; Pátzcuaro, por la pintura con colores diluidos en aceite y la pintura de mosaicos de plumas de ave —colibrí— o maderas de colores; Quiroga, por las bateas; Oponguio y Yotátiro, por los metates y molcajetes; las Islas del lago y los pueblos ribereños, por la técnica de la malla y el chinchorro para la pesca del pez blanco. La actividad de Teremendo es referida por Vasco en uno de sus escritos al informar que sus habitantes se dedican a “...adobar cueros y hacer jabón y sillas de caballo y zapatos y chapines y otras cosas de que ellos ganan de comer”.

Los artesanos de hoy siguen siendo los custodios de las complejas técnicas de los oficios del pasado.

Sus obras cosechan premios por su valor artístico. Músicos de todo el mundo acuden a Paracho en busca de su guitarra. Al lado, hay muebles que se exportan, alfareros y herreros innovando, con las puertas de los talleres abiertas al visitante. La delicadeza del maqué se expone en galerías de arte. El arte del trabajo manual no es sólo parte del pasado: es el futuro.

No debe olvidarse otro oficio, declarado por la UNESCO (noviembre de 2010) Patrimonio Intangible de la Humanidad, la cocina tradicional mexicana.

Un reconocimiento a su diversidad, autenticidad y riqueza. Desde sus hogares o “paranguas”, presididos por enormes ramos de flores, las cocineras purépechas han mantenido viva la tradición gastronómica (los hombres suelen llamar a sus mujeres “tzitziquies”, que en purépecha significa flores). Allí, entre cuencos, jarras y peroles de barro, se disponen los fogones para el encuentro del puerco con el elote, la cecina con el nopal y el maíz con todos los alimentos. La alimentación sigue el ritmo de las estaciones. En tiempos de aguas mandan los variados quelites; en Cuaresma, once platos; en primavera, las flores de la calabaza, hijas del sol. A su lado, los quesos, los dulces, las sopas, las verduras, los guisados, las carnes y el pescado blanco. En las zonas boscosas aledañas a los lagos surgen más de cuarenta variedades de hongos comestibles. Y siempre frijoles, calabazas y chiles acompañando infinidad de platillos, como las corundas (tamalitos de masa de maíz rellenos de queso y aderezados con crema o salsa de chile de árbol), el pollo placero (enchiladas placeras acompañadas de una pieza de pollo, verdura, queso y papas doraditas), el pozole blanco o rojo, las quesadillas al comal o fritas, los sopes, los tacos, las gorditas o los uchepos (tamalitos de elote tierno, de dulce o de sal). Para acompañar, atole blanco o de sabor, tamales, aguas frescas elaboradas con frutas de la estación y buñuelos rociados con miel de piloncillo.

 

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